viernes, 23 de octubre de 2009

2 SUCULENTOS RELATOS DE POE


Revelación mesmérica (Mesmeric revelation) es un relato fantástico del escritor norteamericano Edgar Allan Poe, publicado en 1844.




En este cuento, de estructura bastante novedosa, Poe nos ubica como testigos de las revelaciones de un hipnotizado.



Revelación mesmérica es uno de los tantos relatos del período que involucran al hipnotismo y al mesmerismo, ciencias que cautivaron profundamente a sus contemporáneos. La justicia, la Diké precaria que habita en ninguna parte, ha querido que estas ramas pseudocientíficas del teatro queden ridiculizadas, sin desmedro de la inmortalidad narrativa de Edgar Allan Poe, que ha sabido evocar sus maravillas.







Revelación mesmérica.

Mesmeric revelation, Edgar Allan Poe (1809-1849)





Aunque la teoría del mesmerismo esté aún envuelta en dudas, sus sobrecogedoras realidades son ya casi universalmente admitidas. Los que dudan de éstas pertenecen a la casta inútil y despreciable de los que dudan por pura profesión. No hay mejor manera de perder el tiempo que proponerse probar en la actualidad que el hombre, por el simple ejercicio de su voluntad, puede impresionar a su semejante al punto de sumirlo en un estado anormal cuyas manifestaciones se parecen estrechamente a las de la muerte, o por lo menos en mayor grado que cualquier otro fenómeno conocido en condiciones normales; que, en ese estado, la persona así influida utiliza sólo con esfuerzo y en consecuencia débilmente los órganos exteriores de los sentidos y, sin embargo, percibe con agudeza y refinamiento, y por vías presuntamente desconocidas, cosas que están más allá del alcance de los órganos físicos; que, además, sus facultades intelectuales se hallan en un maravilloso estado de exaltación y fuerza; que las simpatías con la persona que así influye sobre ella son profundas, y, finalmente, que su susceptibilidad de impresión va en aumento gradual, al tiempo que en la misma proporción, se extienden y acentúan cada vez más los peculiares fenómenos producidos.



Digo que sería superfluo demostrar las leyes del mesmerismo en sus rasgos generales; tampoco infligiré a mis lectores una demostración hoy tan innecesaria. Mi propósito es, en verdad, muy otro. Me siento impelido, aun enfrentándome de esta manera con un mundo de prejuicios, a detallar sin comentarios el notabilísimo diálogo que sostuve con un hipnotizado.



Hacía mucho tiempo que tenía la costumbre de hipnotizar a la persona en cuestión (Mr. Vankirk), en quien se habían manifestado la aguda susceptibilidad y la exaltación habituales en la percepción mesmérica. Desde varios meses atrás, Mr. Vankirk padecía una tisis declarada y mis pases habían aliviado sus efectos más penosos; la noche del miércoles 15 del mes actual fui llamado a su cabecera. El enfermo sufría un dolor agudo en la región cordial y respiraba con gran dificultad, presentando todos los síntomas comunes del asma. En espasmos como aquél generalmente le proporcionaba alivio la aplicación de mostaza en los centros nerviosos, pero esa noche el recurso había resultado inútil.



Cuando entré en su habitación me recibió con una sonrisa jovial, y aunque evidentemente sus dolores físicos eran grandes, su ánimo parecía muy tranquilo.



«Lo mandé buscar esta noche —dijo— no tanto para que mitigara mi dolencia como para que me explicara ciertas impresiones psíquicas que últimamente me han causado gran ansiedad y sorpresa. No necesito decirle cuán escéptico he sido hasta hoy con respecto a la inmortalidad del alma. No puedo negar que siempre ha existido, quizá en esa misma alma que he negado, una especie de vago sentimiento de su propia existencia. Pero esta especie de sentimiento no llegó en ningún instante a la convicción. Era cosa que nada tenía que ver con la razón. Todas las tentativas de investigación lógica me dejaban, a decir verdad, más escéptico que antes. Me aconsejaron que estudiara a Cousin. Lo estudié en sus obras, así como en sus repercusiones europeas y americanas. El Charles Elwood de Mr.. Brownson, por ejemplo, cayó en mis manos. Lo leí con profunda atención. Lo encontré lógico de una punta a la otra, pero las partes que no eran simplemente lógicas constituían, desgraciadamente, los argumentos iniciales del incrédulo héroe del libro. En sus conclusiones me pareció evidente que el razonador no había logrado siquiera convencerse a sí mismo. El final había olvidado por completo el principio, cauro el gobierno de Trínculo. En una palabra: no tardé en advertir que, si el hombre ha de persuadirse intelectualmente de su propia inmortalidad, nunca lo logrará por las meras abstracciones que durante tanto tiempo han constituido el método de los moralistas de Inglaterra, Francia y Alemania. Las abstracciones pueden ser una diversión y un ejercicio, pero no se posesionan de la mente. Aquí, en la tierra por lo menos, la filosofía, estoy convencido, siempre nos pedirá en vano que consideremos las cualidades como cosas. La voluntad puede asentir; el alma, el intelecto, nunca.



Repito, pues, que sólo había sentido a medias, pero nunca creí intelectualmente. Mas en los últimos tiempos el sentimiento se ha ahondado hasta parecerse tanto a la aquiescencia de la razón, que me resulta difícil distinguirlos. Creo también poder atribuir este efecto simplemente a la influencia mesmérica. No sé explicar mejor mi pensamiento que por la hipótesis de que la exaltación mesmérica me capacita para percibir una serie de razonamientos que en mi existencia normal son convincentes, pero que, en total acuerdo con los fenómenos mesméricos, no se extienden, salvo en su efecto, a mi estado normal. En el estado hipnótico, el razonamiento y la conclusión, la causa y el efecto están presentes a un tiempo. En mi estado natural, la causa se desvanece; únicamente el efecto, y quizá sólo en parte, permanece.



Estas consideraciones me han llevado a pensar que podrían obtenerse algunos buenos resultados dirigiéndome, mientras estoy mesmerizado, una serie de preguntas bien encaminadas. Usted ha observado a menudo el profundo conocimiento de sí mismo que demuestra el hipnotizado, el amplio saber que despliega sobre todo lo concerniente al estado mesmérico, y de este conocimiento de sí mismo pueden deducirse indicaciones para la adecuada confección de un cuestionario.



Accedí, claro está, a realizar este experimento. Unos pocos pases sumieran a Mr.Vankirk en el sueño mesmérico. Su respiración se hizo inmediatamente más fácil y parecía no padecer ninguna incomodidad física. Entonces se produjo la siguiente conversación (en el diálogo, V. representa al paciente y P. soy yo):



P.—¿Duerme usted?

V.—Sí..., no; preferiría dormir más profundamente.

P.—(Después de algunos pases.) ¿Duerme ahora?

V.—Sí.

P.—¿Cómo cree que terminará su enfermedad?

V.—(Después de una larga vacilación y hablando como con esfuerzo.) Moriré.

P.—¿Le aflige la idea de la muerte?

V.—(Muy rápido.) ¡No..., no!

F.—¿Le desagrada esta perspectiva?

V.—Si estuviera despierto me gustaría morir, pero ahora no tiene importancia. El estado mesmérico se avecina lo bastante a la muerte como para satisfacerme.

P.—Me gustaría que se explicara, Mr. Vankirk.

V.—Quisiera hacerlo, pero requiere más esfuerzo del que me siento capaz. Usted no me interroga correctamente.

P.—Entonces, ¿qué debo preguntarle?

V.—Debe comenzar por el principio.

P.—¡El principio! Pero, ¿dónde está el principio?

V.—Usted sabe que el principio es Dios. (Esto fue dicho en tono bajo, vacilante, y con todas las señales de la más profunda veneración.)

P.—Pero, ¿qué es Dios?

V.—(Vacilando durante varios minutos.) No puedo decirlo.

P.—Dios, ¿no es espíritu?

V.—Mientras estaba despierto, yo sabía lo que usted quiere decir con «espíritu», pero ahora me parece sólo una palabra, tal como, por ejemplo, verdad, belleza; una cualidad, quiero decir.

P.—Dios, ¿no es inmaterial?

V.—No hay inmaterialidad; ésta es una simple palabra. Lo que no es materia no es nada, a menos que la, cualidades sean cosas.

P.—Entonces, ¿Dios es material?

V.—No. (Esta respuesta me sobrecogió.)

P.—¿Y qué es?

V.—(Después de una larga pausa, entre dientes.) Lo veo... pero es una cosa difícil de decir. (Otra larga pausa.) No es espíritu, pues existe. Tampoco es materia, como usted la entiende. Pero hay gradaciones de la materia de las que el hombre nada sabe, en que la más basta impulsa a la más sutil, la más sutil invade la más basta. La atmósfera, por ejemplo, impulsa el principio eléctrico, mientras el principio eléctrico penetra la atmósfera. Estas gradaciones de la materia crecen en tenuidad o sutileza hasta que llegamos a una materia indivisa —sin partículas—, indivisible —una— y aquí la ley de la impulsión y de la penetración se modifica. La materia última o indivisa no sólo penetra todas las cosas, sino que las impulsa, y de esta manera es todas las cosas en sí misma. Esta materia es Dios. Lo que el hombre intenta formular con la palabra «pensamiento» es esta materia en movimiento.



P.—Los metafísicos sostienen que toda acción es reductible a movimiento y pensamiento, y que el último es el origen del primero.

V.—Sí, y ahora veo la confusión de la idea. El movimiento es la acción de lamente, no del pensamiento. La materia indivisa o Dios, en reposo, es (en la medida en que podemos concebirlo) lo que los hombres llaman mente. Y el poder de automovimiento (equivalente en efecto a la volición humana) es, en la materia indivisa, el resultado de su unidad y de su omni-predominancia; cómo, no lo sé, y ahora veo claramente que nunca lo sabré. Pero la materia indivisa, puesta en movimiento por una ley o cualidad existente en sí misma, es el pensamiento.

P.—¿No puede darme una idea más precisa de lo que usted designa materia indivisa?

V.—Las materias que el hombre conoce escapan gradualmente a los sentidos.

Tenemos, por ejemplo, un metal, un trozo de madera, una gota de agua, la atmósfera, el gas, el calor, la electricidad, el éter luminoso. Ahora bien, llamamos materia a todas esas cosas, y abarcamos toda la materia en una definición general; sin embargo, no puede haber dos ideas más esencialmente distintas que la que referimos a un metal y la que referimos al éter luminoso. Cuando llegamos al último, sentimos una inclinación casi irresistible a clasificarlo con el espíritu o con la nada. La única consideración que nos detiene es nuestra idea de su constitución atómica, y aun aquí debemos pedir ayuda a nuestra noción de átomo como algo infinitamente pequeño, sólido, palpable, pesado.



Destruyamos la idea de la constitución atómica y ya no seremos capaces de considerar el éter como una entidad o, por lo menos, como materia. A falta de una palabra mejor podríamos designarlo espíritu. Demos ahora un paso más allá del éter luminoso, concibamos una materia mucho más sutil que el éter, así como el éter es más sutil que el metal, y llegamos en seguida (a pesar de todos los dogmas escolásticos) a una masa única, a una materia indivisa. Pues, aunque admitamos una infinita pequeñez en los átomos mismos, la infinita pequeñez de los espacios interatómicos es un absurdo. Habrá un punto, habrá un grado de sutileza en el cual, si los átomos son suficientemente numerosos, los interespacios desaparecerán y la masa será absolutamente una. Pero al dejar de lado ahora la idea de la constitución atómica, la naturaleza de la masa se deslizará inevitablemente a nuestra concepción del espíritu. Está claro, sin embargo, que es tan materia como antes. La verdad es que resulta imposible concebir el espíritu, puesto que es imposible imaginar lo que no es. Cuando nos jactamos de haber llegado a concebirlo, hemos engañado simplemente nuestro entendimiento ton la consideración de una materia infinitamente rarificada.



P.—Me parece que hay una objeción insuperable a la idea de la absoluta unidad, y ella es la ligerísima resistencia experimentada por los cuerpos celestes en sus revoluciones a través del espacio, resistencia que ahora sabemos, es verdad, existe en cierto grado, pero que, sin embargo, es tan ligera que aun la sagacidad de Newton la pasó por alto. Sabemos que la resistencia de los cuerpos es principalmente proporcionada a su densidad. La unidad absoluta es la densidad absoluta. Donde no hay interespacios no puede haber paso. Un éter absolutamente denso detendría de una manera infinitamente más efectiva la marcha de una estrella que un éter de diamante o de acero.



V.—Su objeción se contesta con una facilidad que está casi en proporción con su aparente irrefutabilidad. Con respecto a la marcha de una estrella, no puede haber diferencia entre que la estrella pase a través del éter o el éter a través de ésta. No hay error astronómico más inexplicable que el que relaciona el conocido retardo de los cometas con la idea de su paso a través del éter, pues por sutil que se suponga ese éter detendría toda revolución sideral en un período mucho más breve que e1 admitido por esos astrónomos, quienes han intentado suprimir un punto que consideraban imposible de entender. El retardo experimentado es, por el contrario, aproximadamente el mismo que puede esperarse de la fricción del éter en el pasaje instantáneo a través del astro. En un caso, la fuerza de retardo es momentánea y completa en sí misma; en el otro, es infinitamente acumulativa.



P.—Pero en todo esto, en esta identificación de la simple materia con Dios, ¿no hay nada de irreverencia? (Me vi obligado a repetir esta pregunta antes de que el hipnotizado comprendiera cabalmente su sentido.)

V.—¿Puede usted decir por qué la materia ha de ser menos reverenciada que la mente? Usted olvida que la materia de la cual hablo es, en todo sentido, la verdadera «mente» o «espíritu» de las escuelas, sobre todo en lo que concierne a sus elevadas propiedades, y es, al mismo tiempo, la «materia» para estas escuelas. Dios, con todos los poderes atribuidos al espíritu, es tan sólo la perfección de la materia.

P.—¿Afirma usted, entonces, que la materia indivisa, en movimiento, es pensamiento?

V.—En general, el movimiento es el pensamiento universal de la mente universal.

Este pensamiento crea. Todas las cosas creadas no son sino los pensamientos de Dios.

P.—Usted dice «en general».

V.—Sí. La mente universal es Dios. Para 'las nuevas individualidades es necesaria la materia.

P.—Pero usted habla ahora de «mente» y de « materia» como lo hacen los metafísicos.

V.—Sí, para evitar la confusión. Cuando digo «mente» me refiero a la materia indivisa o última; cuando digo «materia» me refiero a todo lo demás.

P.—Usted decía que «para las nuevas individualidades es necesaria la materia».

V.—Sí, pues la mente, en su existencia incorpórea, es simplemente Dios. Para crear los seres individuales, pensantes, era necesario encarnar porciones de la mente divina. Así es individualizado el hombre. Despojado de su envoltura corporal sería Dios. El movimiento particular de las porciones encarnadas de la materia indivisa es el pensamiento del hombre, así como el movimiento del todo es el de, Dios.

P.—¿Dice usted que despojado de su envoltura corporal el hombre sería Dios?

V.—(Después de mucho vacilar.) No pude haber dicho eso; es un absurdo.

P.—(Recurriendo a mis notas.) Usted dijo que «despojado de su envoltura corporal el hombre sería Dios».

V.—Y es verdad. El hombre así despojado sería Dios, sería desindividualizado. Pero no puede despojarse jamás de esa manera —por lo menos nunca podrá—, a menos que imaginemos una acción de Dios que vuelve sobre sí misma, una acción inútil, sin finalidad. El hombre es una criatura. Las criaturas son pensamientos de Dios. Está en la naturaleza del pensamiento ser irrevocable.

P.—No comprendo. ¿Usted dice que el hombre nunca podrá desprenderse de su cuerpo?

V.—Digo que nunca será incorpóreo.

P.—Explíquese.

V.—Hay dos cuerpos: el rudimentario y el completo, que corresponden a las dos condiciones de la crisálida y la mariposa. Lo que llamamos <> es tan sólo la penosa metamorfosis. Nuestra presente encarnación es progresiva, preparatoria, temporaria. Nuestro futuro es perfecto, definitivo, inmortal. La vida definitiva constituye la finalidad absoluta.

P.—Pero de la metamorfosis de la crisálida tenemos un conocimiento palpable.

V.—Nosotros sí, pero la crisálida no. La materia que compone nuestro cuerpo rudimentario está al alcance de los órganos de este cuerpo; o, más claramente, nuestros órganos rudimentarios se adaptan a la materia que forma el cuerpo rudimentario, pero no al que compone el cuerpo definitivo. Este escapa así a nuestros sentidos rudimentarios, y sólo percibimos la envoltura que cae al morir, desprendiéndose de la forma interior, no esa misma forma interior; pero esta última, así como la envoltura, es apreciable para los que ya han adquirido la vida definitiva.

P.—Usted ha dicho a menudo que el estado mesmérico se asemeja estrechamente a la muerte. ¿Cómo es eso?



V.—Cuando digo que se parece a la muerte, aludo a que se asemeja a la vida definitiva, pues cuando estoy en trance los sentidos de mi vida rudimentaria quedan en suspenso y percibo las cosas exteriores directamente, sin órganos, a través de un intermediario que emplearé ea la vida definitiva, inorganizada.

P.—¿Inorganizada?



V.—Sí; los órganos son mecanismos mediante los cuales el individuo se pone en relación sensible con clases y formas particulares de materia, con exclusión de otras clases y formas. Los órganos del hombre están adaptados a esta condición rudimentaria y sólo a ésta; siendo inorganizada su condición última, su comprensión es ilimitada en todos los órdenes, salvo en uno: la naturaleza de la voluntad de Dios, es decir, el movimiento de la materia indivisa. Usted tendrá una idea clara del cuerpo definitivo concibiéndolo como si fuera todo cerebro. No es eso; pero una concepción de esta naturaleza lo acercará a la comprensión de su ser. Un cuerpo luminoso imparte vibración al éter. Las vibraciones engendran otras similares dentro de la retina; éstas comunican otras al nervio óptico. El nervio envía otras al cerebro, y el cerebro otras a la materia indivisa que lo penetra. El movimiento de esta última es el pensamiento, cuya primera ondulación es la percepción. De esta manera la mente de la vida rudimentaria se comunica con el mundo exterior, y este mundo exterior está limitado, para la vida rudimentaria, por la idiosincrasia de sus órganos. Pero en la vida definitiva, inorganizada, el mundo exterior llega al cuerpo entero (que es de una sustancia afín al cerebro, como he dicho), sin otra intervención que la de un éter infinitamente más sutil que el luminoso; y todo el cuerpo vibra al unísono con este éter, poniendo en movimiento la materia indivisa que lo penetra. A la ausencia de órganos especiales debemos atribuir, además, la casi ilimitada percepción propia de la vida definitiva. En los seres rudimentarios los órganos son las jaulas necesarias para encerrarlos hasta que tengan alas.

P.—Usted habla de «seres» rudimentarios. ¿Hay otros seres pensantes rudimentarios además del hombre?



V.—Las numerosas acumulaciones de materia sutil en nebulosas, planetas, soles y otros cuerpos que no son ni nebulosas, ni soles, ni planetas tienen la única finalidad de dar pábulo a los distintos órganos de infinidad de seres rudimentarios. De no ser por la necesidad de la vida rudimentaria, previa a la definitiva, no hubiera habido cuerpos como éstos. Cada uno de ellos es ocupa do por una variedad distinta de criaturas orgánicas, rudimentarias, pensantes. En todas los órganos varían según los caracteres del lugar ocupado. A la muerte o metamorfosis, estas criaturas que gozan de la vida definitiva —la inmortalidad— y conocen todos los secretos, salvo uno, actúan y se mueven en todas partes por simple volición; habitan, no en las estrellas, que nosotros consideramos las únicas cosas palpables para cuya distribución ciegamente juzgamos creado el espacio, sino el espacio mismo, ex infinito cuya inmensidad verdaderamente sustancial se traga las estrellas al igual que sombras, borrándolas como no entidades de la percepción de los ángeles.

P.—Usted dice que, «de no ser por la necesidad de la vida rudimentaria, no hubiera habido estrellas. ¿Pero por qué esta necesidad?



V.—En la vida inorgánica, así como generalmente en la materia inorgánica, no hay nada que impida la acción de una única y simple ley, la Divina Volición. La vida orgánica y la materia (complejas, sustanciales y sometidas a leyes) fueron creadas con el propósito de producir un impedimento.



P.—Pero de nuevo, ¿qué necesidad había de producir ese impedimento?

V.—El resultado de la ley inviolada es perfección, justicia, felicidad negativa. El resultado de la ley violada —es imperfección, injusticia, dolor positivo. Por medio de los impedimentos que brindan el número, la complejidad y la sustancialidad de las leyes de la vida orgánica y de la materia, la violación de la ley resulta, hasta cierto punto, practicable. Así el dolor, que es imposible en la vida inorgánica, es posible en la orgánica.



P.—¿Pero cuál es el propósito benéfico que justifica la existencia del dolor?

V.—Todas las cosas son buenas o malas por comparación. Un análisis suficiente mostrará que el placer, en todos los casos, es tan sólo el reverso del dolor. El placer positivo es una simple idea. Para ser felices hasta cierto punto, debemos haber padecido hasta ese mismo punto. No sufrir nunca sería no haber sido nunca dichoso. Pero x ha demostrado que en la vida inorgánica no puede existir dolor; de ahí su necesidad en la orgánica. El dolor de la vida primitiva en la tierra es la única garantía de beatitud para la vida definitiva en el cielo.

P.—Todavía hay una de sus expresiones que me resulta imposible comprender: «la inmensidad verdaderamente sustancial del infinito.



V.—Ello es quizá porque no tiene usted una noción suficientemente genérica del término «sustancia. No debemos considerarla una cualidad, sino un sentimiento: es la percepción, en los seres pensantes, de la adaptación de la materia a su organización. Hay muchas cosas en la tierra que nada serian para los habitantes de Venus, muchas cosas visibles y tangibles en Venus cuya existencia seriamos incapaces de apreciar. Pero, para los seres inorgánicos, para los ángeles, la totalidad de la materia indivisa es sustancia, es decir, la totalidad de lo que designamos «espacio» es para ellos la sustancialidad más verdadera; al mismo tiempo las estrellas, en lo que consideramos su materialidad, escapan al sentido angélico, de la misma manera que la materia indivisa, en lo que consideramos su inmaterialidad, se evade de lo orgánico.



Mientras el hipnotizado pronunciaba estas últimas palabras con voz débil, observé en su fisonomía una singular expresión que me alarmó un poco y me indujo a despertarlo en seguida. No bien lo hube hecho, con una brillante sonrisa que iluminó todas sus facciones cayó de espaldas sobre la almohada y expiró. Observé que, menos de un minuto después, su cuerpo tenía toda la severa rigidez de la piedra. Su frente estaba fría como el hielo. Parecía haber sufrido una larga presión de la mano de Azrael. El hipnotizado, durante la última parte de su discurso, ¿se había dirigido a mí desde la región de las sombras
 
 
El Barril de Amontillado (Thes cask of amontillado) es un relato de terror del escritor norteamericano Edgar Allan Poe, publicado en 1846 en la revista para damas Godey's Lady's Book.




Como en otros cuentos de Poe, El Barril de Amontillado toma la perspectiva del asesino, como en El corazón delator y El gato negro. Su similitud con El entierro prematuro es tan evidente que no necesita ninguna observación.







El Barril de Amontillado.

Thes cask of amontillado, Edgar Allan Poe (1809-1849)





Lo mejor que pude había soportado las mil injurias de Fortunato. Pero cuando llegó el insulto, juré vengarme. Vosotros, que conocéis tan bien la naturaleza de mi carácter, no llegaréis a suponer, no obstante, que pronunciara la menor palabra con respecto a mi propósito. A la larga, yo sería vengado. Este era ya un punto establecido definitivamente. Pero la misma decisión con que lo había resuelto excluía toda idea de peligro por mi parte. No solamente tenía que castigar, sino castigar impunemente. Una injuria queda sin reparar cuando su justo castigo perjudica al vengador. Igualmente queda sin reparación cuando esta deja de dar a entender a quien le ha agraviado que es él quien se venga.



Es preciso entender bien que ni de palabra, ni de obra, di a Fortunato motivo para que sospechara de mi buena voluntad hacia él. Continué, como de costumbre, sonriendo en su presencia, y él no podía advertir que mi sonrisa, entonces, tenía como origen en mí la de arrebatarle la vida. Aquel Fortunato tenía un punto débil, aunque, en otros aspectos, era un hombre digno de toda consideración, y aun de ser temido. Se enorgullecía siempre de ser un entendido en vinos. Pocos italianos tienen el verdadero talento de los catadores. En la mayoría, su entusiasmo se adapta con frecuencia a lo que el tiempo y la ocasión requieren, con objeto de dedicarse a engañar a los millionaires ingleses y austríacos. En pintura y piedras preciosas, Fortunato, como todos sus compatriotas, era un verdadero charlatán; pero en cuanto a vinos añejos, era sincero. Con respecto a esto, yo no difería extraordinariamente de él. También yo era muy experto en lo que se refiere a vinos italianos, y siempre que se me presentaba ocasión compraba gran cantidad de éstos.



Una tarde, casi al anochecer, en plena locura del Carnaval, encontré a mi amigo. Me acogió con excesiva cordialidad, porque había bebido mucho. El buen hombre estaba disfrazado de payaso. Llevaba un traje muy ceñido, un vestido con listas de colores, y coronaba su cabeza con un sombrerillo cónico adornado con cascabeles. Me alegré tanto de verle, que creí no haber estrechado jamás su mano como en aquel momento.



—Querido Fortunato —le dije en tono jovial—, este es un encuentro afortunado. Pero ¡qué buen aspecto tiene usted hoy! El caso es que he recibido un barril de algo que llaman amontillado, y tengo mis dudas.

—¿Cómo? —dijo él—. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y en pleno Carnaval!

—Por eso mismo le digo que tengo mis dudas —contesté—, e iba a cometerla tontería de pagarlo como si se tratara de un exquisito amontillado, sin consultarle. No había modo de encontrarle a usted, y temía perder la ocasión.

—¡Amontillado!

—Tengo mis dudas.

—¡Amontillado!

—Y he de pagarlo.

—¡Amontillado!

—Pero como supuse que estaba usted muy ocupado, iba ahora a buscar a Luchesi. El es un buen entendido. El me dirá...

—Luchesi es incapaz de distinguir el amontillado del jerez.

—Y, no obstante, hay imbéciles que creen que su paladar puede competir con el de usted.

—Vamos, vamos allá.

—¿Adónde?

—A sus bodegas.

—No mi querido amigo. No quiero abusar de su amabilidad. Preveo que tiene usted algún compromiso. Luchesi...

—No tengo ningún compromiso. Vamos.

—No, amigo mío. Aunque usted no tenga compromiso alguno, veo que tiene usted mucho frío. Las bodegas son terriblemente húmedas; están materialmente cubiertas de salitre.

—A pesar de todos, vamos. No importa el frío. ¡Amontillado! Le han engañado a usted, y Luchesi no sabe distinguir el jerez del amontillado.



Diciendo esto, Fortunato me cogió del brazo. Me puse un antifaz de seda negra y, ciñéndome bien al cuerpo mi roquelaire, me dejé conducir por él hasta mi palazzo. Los criados no estaban en la casa. Habían escapado para celebrar la festividad del Carnaval. Ya antes les había dicho que yo no volvería hasta la mañana siguiente, dándoles órdenes concretas para que no estorbaran por la casa. Estas órdenes eran suficientes, de sobra lo sabía yo, para asegurarme la inmediata desaparición de ellos en cuanto volviera las espaldas. Cogí dos antorchas de sus hacheros, entregué a Fortunato una de ellas y le guié, haciéndole encorvarse a través de distintos aposentos por el abovedado pasaje que conducía a la bodega. Bajé delante de él una larga y tortuosa escalera, recomendándole que adoptara precauciones al seguirme. Llegamos, por fin, a los últimos peldaños, y nos encontramos, uno frente a otro, sobre el suelo húmedo de las catacumbas de los Montresors. El andar de mi amigo era vacilante, y los cascabeles de su gorro cónico resonaban a cada una de sus zancadas.



—¿Y el barril? —preguntó.

—Está más allá —le contesté—. Pero observe usted esos blancos festones que brillan en las paredes de la cueva.

Se volvió hacia mí y me miró con sus nubladas pupilas, que destilaban las lágrimas de la embriaguez.

—¿Salitre? —me preguntó, por fin.

—Salitre —le contesté—. ¿Hace mucho tiempo que tiene usted esa tos?

—¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem! ¡Ejem!...!

A mi pobre amigo le fue imposible contestar hasta pasados unos minutos.

—No es nada —dijo por último.

—Venga —le dije enérgicamente—. Volvámonos. Su salud es preciosa, amigo mío.



Es usted rico, respetado, admirado, querido. Es usted feliz, como yo lo he sido en otro tiempo. No debe usted malograrse. Por lo que mí respecta, es distinto. Volvámonos.

Podría usted enfermarse y no quiero cargar con esa responsabilidad. Además, cerca de aquí vive Luchesi...



—Basta —me dijo—. Esta tos carece de importancia. No me matará. No me moriré de tos.

—Verdad, verdad —le contesté—. Realmente, no era mi intención alarmarle sin motivo, pero debe tomar precauciones. Un trago de este medoc le defenderá de la humedad.

Y diciendo esto, rompí el cuello de una botella que se hallaba en una larga fila de otras análogas, tumbadas en el húmedo suelo.

—Beba —le dije, ofreciéndole el vino.

Llevóse la botella a los labios, mirándome de soslayo. Hizo una pausa y me saludo con familiaridad. Los cascabeles sonaron.

—Bebo —dijo— a la salud de los enterrados que descansan en torno nuestro.

—Y yo, por la larga vida de usted.

De nuevo me cogió de mi brazo y continuamos nuestro camino.

—Esas cuevas —me dijo— son muy vastas.

—Los Montresors —le contesté— era una grande y numerosa familia.

—He olvidado cuáles eran sus armas.

—Un gran pie de oro en campo de azur. El pie aplasta a una serpiente rampante, cuyos dientes se clavan en el talón.

—¡Muy bien! —dijo.



Brillaba el vino en sus ojos y retiñían los cascabeles. También se caldeó mi fantasía a causa del medoc. Por entre las murallas formadas por montones de esqueletos, mezclados con barriles y toneles, llegamos a los más profundos recintos de las catacumbas. Me detuve de nuevo, esta vez me atreví a coger a Fortunato de un brazo, más arriba del codo.



—El salitre —le dije—. Vea usted cómo va aumentando. Como si fuera musgo, cuelga de las bóvedas. Ahora estamos bajo el lecho del río. Las gotas de humedad se filtran por entre los huesos. Venga usted. Volvamos antes de que sea muy tarde. Esa tos...

—No es nada —dijo—. Continuemos. Pero primero echemos otro traguito de medoc.



Rompí un frasco de vino de De Grave y se lo ofrecí. Lo vació de un trago. Sus ojos llamearon con ardiente fuego. Se echó a reír y tiró la botella al aire con un ademán que no pude comprender. Le miré sorprendido. El repitió el movimiento, un movimiento grotesco.



—¿No comprende usted? —preguntó.

—No —le contesté.

—Entonces, ¿no es usted de la hermandad?

—¿Cómo?

—¿No pertenece usted a la masonería?

—Sí, sí —dije—; sí, sí.

—¿Usted? ¡Imposible! ¿Un masón?

—Un masón —repliqué.

—A ver, un signo —dijo.

—Este —le contesté, sacando de debajo de mi roquelaire una paleta de albañil.

—Usted bromea —dijo, retrocediéndo unos pasos—. Pero, en fin, vamos por el amontillado.

—Bien —dije, guardando la herramienta bajo la capa y ofreciéndole de nuevo mi brazo.

Apoyóse pesadamente en él y seguimos nuestro camino en busca del amontillado.



Pasamos por debajo de una serie de bajísimas bóvedas, bajamos, avanzamos luego, descendimos después y llegamos a una profunda cripta, donde la impureza del aire hacía enrojecer más que brillar nuestras antorchas. En lo más apartado de la cripta descubríase otra menos espaciosa. En sus paredes habían sido alineados restos humanos de los que se amontonaban en la cueva de encima de nosotros, tal como en las grandes catacumbas de París. Tres lados de aquella cripta interior estaban también adornados del mismo modo. Del cuarto habían sido retirados los huesos y yacían esparcidos por el suelo, formando en un rincón un montón de cierta altura. Dentro de la pared, que había quedado así descubierta por el desprendimiento de los huesos, veíase todavía otro recinto interior, de unos cuatro pies de profundidad y tres de anchura, y con una altura de seis o siete. No parecía haber sido construido para un uso determinado, sino que formaba sencillamente un hueco entre dos de los enormes pilares que servían de apoyo a la bóveda de las catacumbas, y se apoyaba en una de las paredes de granito macizo que las circundaban.



En vano, Fortunato, levantando su antorcha casi consumida, trataba de penetrar la profundidad de aquel recinto. La débil luz nos impedía distinguir el fondo.



—Adelántese —le dije—. Ahí está el amontillado. Si aquí estuviera Luchesi...

—Es un ignorante —interrumpió mi amigo, avanzando con inseguro paso y seguido inmediatamente por mí.



En un momento llegó al fondo del nicho, y, al hallar interrumpido su paso por la roca, se detuvo atónito y perplejo. Un momento después había yo conseguido encadenarlo al granito. Había en su superficie dos argollas de hierro, separadas horizontalmente una de otra por unos dos pies. Rodear su cintura con los eslabones, para sujetarlo, fue cuestión de pocos segundos. Estaba demasiado aturdido para ofrecerme resistencia. Saqué la llave y retrocedí, saliendo del recinto.



—Pase usted la mano por la pared —le dije—, y no podrá menos que sentir el salitre.

Está, en efecto, muy húmeda. Permítame que le ruegue que regrese. ¿No? Entonces, no me queda más remedio que abandonarlo; pero debo antes prestarle algunos cuidados que están en mi mano.

—¡El amontillado! —exclamó mi amigo, que no había salido aún de su asombro.

—Cierto —repliqué—, el amontillado.



Y diciendo estas palabras, me atareé en aquel montón de huesos a que antes he aludido. Apartándolos a un lado no tarde en dejar al descubierto cierta cantidad de piedra de construcción y mortero. Con estos materiales y la ayuda de mi paleta, empecé activamente a tapar la entrada del nicho. Apenas había colocado al primer trozo de mi obra de albañilería, cuando me di cuenta de que la embriaguez de Fortunato se había disipado en gran parte. El primer indicio que tuve de ello fue un gemido apagado que salió de la profundidad del recinto. No era ya el grito de un hombre embriagado. Se produjo luego un largo y obstinado silencio. Encima de la primera hilada coloqué la segunda, la tercera y la cuarta. Y oí entonces las furiosas sacudidas de la cadena. El ruido se prolongó unos minutos, durante los cuales, para deleitarme con él, interrumpí mi tarea y me senté en cuclillas sobre los huesos. Cuando se apaciguó, por fin, aquel rechinamiento, cogí de nuevo la paleta y acabé sin interrupción las quinta, sexta y séptima hiladas. La pared se hallaba entonces a la altura de mi pecho. De nuevo me detuve, y, levantando la antorcha por encima de la obra que había ejecutado, dirigí la luz sobre la figura que se hallaba en el interior.



Una serie de fuertes y agudos gritos salió de repente de la garganta del hombre encadenado, como si quisiera rechazarme con violencia hacia atrás. Durante un momento vacilé y me estremecí. Saqué mi espada y empecé a tirar estocadas por el interior del nicho. Pero un momento de reflexión bastó para tranquilizarme. Puse la mano sobre la maciza pared de piedra y respiré satisfecho. Volví a acercarme a la pared, y contesté entonces a los gritos de quien clamaba. Los repetí, los acompañé y los vencí en extensión y fuerza. Así lo hice, y el que gritaba acabó por callarse.



Ya era medianoche, y llegaba a su término mi trabajo. Había dado fin a las octava, novena y décima hiladas. Había terminado casi la totalidad de la oncena, y quedaba tan sólo una piedra que colocar y revocar. Tenía que luchar con su peso. Sólo parcialmente se colocaba en la posición necesaria. Pero entonces salió del nicho una risa ahogada, que me puso los pelos de punta. Se emitía con una voz tan triste, que con dificultad la identifiqué con la del noble Fortunato. La voz decía:



—¡Ja, ja, ja! ¡Je, je, je! ¡Buena broma, amigo, buena broma! ¡Lo que nos reiremos luego en el palazzo, ¡je, je, je! a propósito de nuestro vino! ¡Je, je, je!

—El amontillado —dije.

—¡Je, je, je! Sí, el amontillado. Pero, ¿no se nos hace tarde? ¿No estarán esperándonos en el palazzo Lady Fortunato y los demás? Vámonos.

—Sí —dije—; vámonos ya.

—¡Por el amor de Dios, Montresor!

—Sí —dije—; por el amor de Dios.

En vano me esforcé en obtener respuesta a aquellas palabras. Me impacienté y llamé en alta voz:

—¡Fortunato!

No hubo respuesta, y volví a llamar.

—¡Fortunato!



Tampoco me contestaron. Introduje una antorcha por el orificio que quedaba y la dejé caer en el interior. Me contestó sólo un cascabeleo. Sentía una presión en el corazón, sin duda causada por la humedad de las catacumbas. Me apresuré a terminar mi trabajo.



Con muchos esfuerzos coloqué en su sitio la última piedra y la cubrí con argamasa. Volví a levantar la antigua muralla de huesos contra la nueva pared. Durante medio siglo, nadie los ha tocado. ¡In pace requiescat!





Edgar Allan Poe (1809-1849

GERTRAIR, LA DESMEMBRADORA



Después de acostar a los niños, María (de profesión sus labores en casa y fuera de ella) se dejó caer sobre el sofá de la sala, esperando, en vano, que el contacto con el mullido asiento recargara su vacío depósito de energía.



A aquellas horas (eran las nueve) sus músculos no daban ya mucho de sí; agarrotados, rendidos, no le permitían moverse con soltura; sin embargo, aún se esperaba de ella buena disposición para enfrentarse a la última tarea doméstica de la jornada: hacerle la cena a su esposo, que si era fiel a su costumbre (y siempre lo era) entraría en el hogar a eso de las diez. María sabía que la negligencia no le estaba permitida, ni siquiera si se debía a un agotamiento terrible.



Disponía, no obstante, de treinta minutos antes de iniciar el trajín. De modo que colocó las piernas (un puro calambre a causa de tantas idas y venidas) sobre la mesa, al tiempo que acomodaba la nuca en la suave curva del cabecero.



Aunque su primera intención no era la de dormirse, no pudo evitar que el cansancio y la somnolencia tiraran de sus párpados hasta cerrarle los ojos por completo. Aprovechando su ceguera, el sopor le envenenó el cerebro con imágenes que se sucedían rápidamente, sin sonido, nimbadas por un aire surreal, que hacían presagiar la llegada del verdadero sueño.



Poco a poco, los estímulos sonoros del exterior (el goteo de una espita mal cerrada en el jardín; el maullido de una pareja de gatos; el silbido del viento...) dejaron de entrar en su cabeza, ahora ocupada por visiones extrañas: contempló como una niebla gris, que escapaba de una grieta del suelo, se tragaba sus pies. María, no se resistió al incruento ataque; se sentía muy a gusto en las fauces de aquel monstruo etéreo: ligerísima, como si flotase; además, el cansancio había desaparecido como por ensalmo.



Sumida en estado tan placentero, le pareció escuchar voces en torno a su oído: efectivamente, alguien, oculto en los intersticios del aire le hablaba en un idioma desconocido, que sonaba a latín, aunque, desde luego, no lo era.



Con total indiferencia, escuchó cómo una voz, de timbre agudo desgranaba largas parrafadas que no comprendía. Pero, de repente, la boca invisible interrumpió sus recitaciones, y, durante unos segundos, permaneció en silencio, como si pensara a conciencia lo que iba a decir a continuación. Acabada la tregua, volvió a tomar la palabra, y entonces, con una claridad que no dejaba lugar a dudas, pronunció el nombre de la durmiente, quien asustada, no sólo por eso, sino también por el roce de unos dedos fríos que se paseaban impúdicamente por su rostro, despertó al instante.



La niebla había tomado la forma de una figura femenina (una mujer de aspecto juvenil, ojos verdes y piel pálida) que vestía casco guerrero y brillantes atavíos de blancura inmaculada, y de cuya mano izquierda pendía un hacha doble, similar a los "labrys" cretenses.



La intrusa, envuelta toda ella en una luminosidad irritante, esbozó una encantadora sonrisa, con la que intentaba hacerse grata a los ojos de la dueña de la casa, lo cual, dadas las circunstancias no parecía fácil.

- ¡Dios mío: pero si estoy despierta! -exclamó María, pellizcándose el brazo hasta provocarse un buen morado- Entonces es que he perdido el juicio; porque esto tiene toda la pinta de ser una alucinación...

La aparición rió a carcajadas, y después, dijo:

- Palabra de honor que no soy un sueño, pero es a través de ellos como me puedo manifestar en tu mundo.

La joven mujer tragó saliva; una confusión poderosísima embotaba su mente; por primera vez en su vida se veía en la ardua tesitura de tener que optar por creer lo que le comunicaban sus ojos o en el dictamen de la razón; y es que aquellos dos informadores, ella siempre había pensado que de reputada solvencia, le ofrecían noticias contradictorias acerca de un mismo acontecimiento, como si se hubieran puesto de acuerdo para embromarla. Pero la duda llevada a tal extremo podía dañar su manera de percibir las cosas: había que decidir rápidamente para no dar pábulo a la demencia; así que, al cabo, María falló en contra del sentido común, para admitir, a renglón seguido, aunque no sin reservas, que un ser extraño que tenía por mala costumbre cabalgar los sueños de los demás, estaba en su salón, barrenándola con sus ojos y con ganas de pegar la hebra. Viniera de donde viniera y fuera cual fuera su naturaleza, por el mero hecho de haber allanado su casa, había adquirido el estatus de visita, lo cual le otorgaba el derecho a ser tratada con respeto y deferencia por ella, quien, sabedora de sus obligaciones como anfitriona; y, aun a pesar de su estupor, le preguntó su nombre, ya que en sociedad es preceptivo empezar por hacer las presentaciones.



- Me llamo Geirtrair -respondió la otra, muy ufana- Y estoy aquí porque quiero ser tu amiga...

"¡Menos mal!", pensó María, al escuchar la declaración de intenciones del ente luminoso, quien desmentía con sus palabras pacíficas lo que sugerían su atuendo y los destellos terroríficos de su hacha de combate.



Antes de que la joven pudiera dar la réplica a su interlocutora de otro mundo, ésta volvió a deleitarla con su voz límpida y cantarina:

- Hace muchos años que te observo, desde que eras una criatura que no levantaba ni dos palmos del suelo; siempre has tenido unos sueños extremadamente vívidos, como a mí me gustan... Las personas que, como tú, viven hacia adentro crean una buena escenografía para el teatro nocturno. Pero desde que te emparejaste la calidad de tus sueños ha disminuido, y eso de veras me preocupa. Por lo que conozco de los humanos, sé que existe una relación directa entre los avatares de vuestra existencia en vigilia y los delirios oníricos: una vida como la tuya, de constante sacrificio, gris y deprimente, es difícil que coloree las fantasías, aunque, por lógica debería ser al revés... Alabo tu dedicación a los hijos, pues yo también soy madre, pero me indigna que por atender a tu trabajo, a tu hogar y a tu compañero macho, no dispongan de un solo minuto para tu persona. ¡Me das tanta pena!



Al mencionar la tal Geirtrair a su esposo, le vino a la memoria a María que el susodicho estaba al caer; él odiaba las visitas, en especial, las de amigas suyas. No le gustaría nada, nada, encontrarse a la vuelta con aquella individua, que, para colmo de males, cuestionaba la devoción que, por motivo de matrimonio, ella le debía. Pero lo peor no era eso, sino que con el afán de atender bien al espectro estaba descuidando sus tareas: la colación vespertina brillaba por su ausencia; en el mejor de los casos, él pondría el grito en el cielo; pero si actuaba conforme a su carácter, del tortazo no le libraba nadie.

- Mira; no quisiera parecer maleducada, - dijo María, intentando, efectivamente, usar un tono cortés- pero debemos interrumpir este encantador, aunque corto, encuentro; otro día, si quieres, podemos hablar largo y tendido; ahora, he de...

Geirtrair, que sabía con exactitud lo que estaba pensando su amiga terrestre, no le permitió concluir la frase. Con gesto airado dijo:

- ¡Cuántos miramientos hacia un ser que te maltrata, que detestas y que no mueve un dedo para ayudarte! ¡Qué buena fortuna que en mi mundo no haya hombres! Pertenezco a una raza antigua y sabia de vírgenes guerreras que viajan por los universos cazando sujetos como el que tú tienes por compañero: ¿sabes qué hacemos con ellos? Los descuartizamos y se los servimos a nuestras famélicas hijas, para quienes su carne es una auténtica golosina. Necesitamos amigas como tú, amigas que nos ayuden a...

- Pero eso es una aberración...- opinó María, interrumpiendo, notablemente escalofriada- Y, además, está en contra de los Derechos Humanos, que, si en verdad fueras tan sabia, deberías conocer...



Geirtrair rió la ingenua observación; era evidente que en ella no regían las leyes promulgadas por instituciones humanas; porque (y no había que ser un lince para deducirlo) su estirpe nada tenía en común con la del Homo (mal llamado) Sapiens.

- Nunca comprenderás mi proceder sin conocer las duras condiciones de existencia de mi país, que fue antaño ubérrimo, pero que en el transcurrir de los eones se tornó estéril. Podría abusar de las palabras; no obstante, prefiero que sean esos ojos en los que tanto confías los que hablen por mí...



María no entendió en un principio qué era lo que su invitada quería decirle con tanto circunloquio; cayó en la cuenta cuando le hizo un elocuente gesto con la mano: quería que la siguiera; pero, ¿a dónde?



De repente, la dama blanca rasgó el aire con su dedo índice, que parecía un estilete afiladísimo, hasta que ante sus ojos quedó una abertura de bordes luminosos. A partir de entonces, María experimentó una curiosa relajación de la voluntad y un cierto oscurecimiento de la consciencia; parecía que la luz azulada que brotaba a borbotones de aquella puerta que comunicaba los mundos, la inducía de nuevo al sueño. Como flotando, atravesó el umbral fantástico en compañía de la visitante, convertida ahora en anfitriona y cicerone.



María se encontró sin saber cómo, sobrevolando un valle de proporciones titánicas, desolado y rojizo, que vientos huracanados azotaban sin piedad. Las montañas circundantes rascaban con sus abruptas cumbres un cielo anormalmente purpúreo; no había nieve en las altas cotas, ni asomo de vida vegetal en regiones más bajas. La mirada de la exploradora terrestre se acercó a gran velocidad a una misteriosa formación cónica que ocupaba el centro del gran valle. De lejos la había juzgado obra de la naturaleza, mas ahora que la tenía a pocos kilómetros podía observar los detalles de su fábrica; aquella estructura, aquel artificio formidable construido con roca fundida, metales desconocidos y vidrio opaco, estaba contorneada por una escalera espiral de millares de peldaños, que unía su pie y su cima, rematada por un palacio de cristal transparente que emitía luz en todas direcciones. Miles de seres de tamaños y formas variados circulaban por la eterna sucesión de escalones, acarreando materiales de construcción y depositándolos en los numerosos niveles inconclusos de la Gran Torre. Los obreros se afanaban reparando arcos, columnas, pretiles, vanos, cornisas, frisos, capiteles, rampas y balaustradas; un trabajo pesado y peligroso, pues los andamios sobre los que se apretaban parecían frágiles como la paja a merced de aquel viento.

- ¡Bienvenida a mi casa! - exclamó Geirtrair, que volaba junto a María, aunque ésta no pudiera verla- Esos que ves esforzándose en cien ocupaciones distintas son las Sombras, nuestros esclavos; parecen cuerpos pero son almas, por usar un concepto de tu cultura; de los muertos, como ves, se aprovecha todo...



Tan horrorizada estaba María que no podía articular palabra; las sombras, los muertos, esclavos... :¿qué raza degenerada era aquella?; ¿por qué suponía Geirtrair que mostrándole tal espectáculo suscitaría su compasión? Lo que sentía era asco y espanto; que había caído en el infierno y que su acompañante no era más que un demonio.



Pero la viajera sobrenatural, que leía los pensamientos de la mujer como si estos se pasearan por delante de su frente, le hizo contemplar, para afectar a su sensibilidad de madre, algo que estaba escondido en lo profundo de la Torre, lejos de las inclemencias del exterior.



De forma mágica, los muros de la fortaleza se hicieron, súbitamente, transparentes, dejando al descubierto las inmensas estancias, escaleras, pasajes y crujías que conformaban su entraña. Su formidable aspecto de solidez contrastaba con la frágil presencia de los centenares de seres luminosos que pululaban por el laberinto, muchos de los cuales habían perdido el brillo y permanecían inmóviles en las esquinas, mientras que otros, de una tonalidad azulada (color que en aquella estirpe no humana es síntoma de decaimiento y enfermedad) yacían exhaustos y temblaban, esperando la extinción.



No fue necesario que la dama espectral explicara que aquellas eran sus hijas: María lo comprendió al sentir en su propio corazón la ira que bullía en el de su acompañante, con tanta fuerza irradiaba de él. También a ella la visión la emocionaba y deprimía; de siempre había lamentado el injusto reparto de las riquezas que hace a unos opulentos y a otros indigentes; lo que nunca había imaginado es que la hambruna fuera conocida más allá de los dominios del hombre. Ciertamente, la situación justificaba los métodos de recolección de alimentos de Geirtrair: por un hijo se hace lo que sea, y, desde un punto de vista racional, no parecía existir ninguna diferencia entre que su marido se comiera una vaca y que la prole luminosa se comiera a su marido: para ambos el alimento provenía de seres inferiores, y, una vez admitido esto, ni el escrúpulo ni el remordimiento tenían razón de ser.



Al pensar en su hombre, María se despertó a la realidad: la cena seguía sin hacerse, y desde luego, no se haría nunca si permanecía un minuto más en aquella tierra que no era la suya. Con un tremendo esfuerzo de voluntad, se sustrajo al poder de la doncella cazadora, quien, en apariencia nada disgustada por la descortesía, la dejó marchar sin más.



María y su esposo llegaron al mismo tiempo a la casa; él saludó a su Eva con la desgana de costumbre, sin reparar en lo demudado de su rostro, efecto de una experiencia poco común que era muchísimo mejor no divulgar; ella, sin duda más aterrorizada por la presencia de aquel hombre hambriento, para el que no había dispuesto ninguno de sus platos favoritos, que por el recuerdo de su alucinante viaje al Otro Lado, apretó los labios, mientras él, sin más, se dejaba caer en el sofá, a la espera de su bien merecida refacción.



El orondo caballero exigió la cena que no llegaba, en un tono ascendente, en lo desagradable, que culminó con un grito cuando María, con los ojos temblorosos por el miedo, le confesó que no había tenido tiempo para prepararle ni un bocado. Aunque intentó subsanar su error manifestando su intención de volar a la cocina en ese mismo momento, el furibundo cónyuge no parecía dispuesto a perdonar el descuido: tomó a su costilla por los cabellos (con una maña que delataba la mucha práctica que tenía en ese menester) y le soltó un par de bofetadas ejemplarizantes, cuya memoria, esperaba, le sirviera de acicate para no bajar la guardia en lo tocante a las tareas domésticas, que, por imposición natural (y por tanto divina) a ella le correspondía desarrollar. María se fue hacia sus fogones, dolida y llorosa. Por consejo de su dignidad, no obstante, recompuso el semblante para llevar a cabo aquel servicio a su hombre.



Sacó de la cazuela el pollo, y se lo sirvió, aún humeante. Ella permaneció de pie, mirándole de manera harto enigmática, en silencio, mientras él daba buena cuenta de la infortunada ave delante del televisor. Nunca le pareció tan repulsivo como entonces: comía con las manos, llenándose la boca hasta los topes, como si hiciera siglos que no untara la panza; acompañaba, además, al pollo con pedazos enormes de pan, cuyas migas, esparcidas sobre la mesa y el sofá, no pensaba en absoluto recoger: ¡qué mal enseñado estaba!; ¿qué habría visto en un basilisco semejante para entregarle su cuerpo, su alma y su fuerza de trabajo?



María intentó pensar en otra cosa; cerró los ojos y concentró su atención en una idea que se le había clavado en la mente. No resultaba fácil mantener fijo el pensamiento mientras un glotón devoraba ruidoso su cena, pero aun a pesar de las trabas, su espíritu alcanzó la iluminación onírica (no en vano estaba reconocida, por toda una experta en la materia, como una soñadora sin igual)



Creyó ver en su trance inducido, imágenes de una espantosa matanza: una habitante del ultramundo despedazaba a golpes de hacha a un hombre cuyos rasgos no le eran desconocidos; había sangre por todas partes, vísceras desgarradas, miembros arrancados del sitio... La víctima, milagrosamente viva después de perder muchos de los componentes de su cuerpo, suplicaba compasión a su altiva matarife, pero ésta, acostumbrada a las quejas de las reses sacrificadas, no le hacía el menor caso. Con un movimiento de la mano, indicó a decenas de seres de su linaje, de aspecto macilento, que tomaran de la presa cuanta carne necesitaran; la turba se abalanzó sobre el caído entre risas y cánticos de júbilo, que sonaban tan inocentes y festivas como los de unos niños que celebraran un cumpleaños.



La acción metódica de cuarenta o cincuenta dentaduras espectrales desnudó de materia al espíritu del pobre caballero en cuestión de décimas de segundo: era un alma horrible, de color rojizo, que no desentonaría del lugar espantoso a donde iba a ser conducida por su captora, una sombra que se pasaría la eternidad erigiendo una torre para una raza de seres partenogenéticos y que jamás recordaría quién había sido.



Geirtrair, feliz por haber podido atajar, de momento, la necesidad de su amplia descendencia, dirigió una sonrisa franca y cordial a su cómplice humana, quien entendiendo que le agradecían la colaboración dijo:

- No es nada, mujer: las madres deben ser solidarias entre sí...

A lo cual respondió la guerrera inmaculada, no sin cierto regodeo:

- Así sea...

LOS ASESINATOS DEL CONDE

LOS ASESINATOS DEL CONDE





Sinopsis: Varios son los personajes que se presentan a lo largo de esta intriga, son muchos los sospechosos que el lector podría elegir, pero solo hay un personaje que se denominaría como el antagonista imprescindible... ¿quién es?



Italia, Florencia

Enero, 1947

Estación de Tren



Por fin el tren llegó....Yo me situaba sentado en un banco, leyendo el diario matutino de 5 de enero de 1947. Observé la gran multitud de gente que se agolpaba para conseguir entrar en el tren. Me levanté y me dirigí hacia el maremágnum de personas. Un guardia de seguridad intentaba tranquilizar a la misma gente, que se mostraba alocada por conseguir su único objetivo: entrar en el asqueroso tren de una puñetera vez. La situación se fue tranquilizando al paso de los segundos, conseguí entrar en el tren y observé que no era un típico tren con los recursoso necesarios: no se hallaba gran multitud de bancos, más aún, se hallaban más puñeteros barrotes que bancos. Me agarré en uno de los barrotes para impedir desequilibrar mi equilibrio a la marcha del tren, con su estruendoso chillido...El destino del tren me conducía hacia Berna (Suiza) para tener una cita con un tal Stevenson, jefe de la Unión de Agencias de Detectives Suecas...



Suiza, Berna

Oficina de Mr. Stevenson



Un hombre alto, con cara de total seriedad, amante de la historia ya que observé gran multitud de cuadros relacionados con la Revolución Francesa del 1789. Esa era la impresión que recibí de él, y es que su carácter mostraba su seriedad detectivesca. Fue amable conmigo, acompañándome a una sala de reuniones que se situaba en su misma oficina. En la sala de reuniones, lo primero que hizo fue fumarse un cigarrillo... y me dijo "Solo fumo cuando estoy preocupado". Entonces él me acercó un paquete de cigarrillos... y yo le dije "No, gracias". Él miró su cigarrillo y dio su última calada. Era momento de conversar. Y así lo decidió Mr. Stevenson. "Es momento de iniciar la conversación que teníamos pendiente..." me dijo con una voz ronca que fue interrumpida por un estornudo proviniente de él. Prosiguió su conversación: "He oído de usted, rumores de los cuales es un buen doctor sobre enfermedades mentales, incluyendo las psicopáticas. Ese es el motivo de su visita." Yo afirmé con un gesto positivo su aclaración y le dejé que siguiera su conversación, ya que se mostraba nervioso y a la vez impaciente de desvelar lo ocurrido: "Creo que usted es esa persona imprescindible para solucionar un grave problema..." En ese momento hizo una breve pausa para continuar fumando su cigarrillo... la verdad es que creo que yo estaba más impaciente que él por sus interrumpciones a lo largo de la conversación. Prosiguió su conversación: "Hace unos días ocurrió un terrible suceso en el Psychotic Center Medical, en el manicomio..." Volvió a repetir la misma escena de antes con su cigarrillo. Prosiguió su charla que ya se me hacía pesada: "Pues bien, lo que sucedió fue que fueron hallados 5 cadáveres de pacientes que residían en ese manicomio. Tenían signos de violencia, con las mismas circunstancias: les fueron extraídos los ojos". Me impacté de su aclaración y me tocó el turno de formular una pregunta: "¿Algún indicio del posible agresor de los hechos?". Él se giró y continuó sorbiendo su cigarrillo que finalmente decidió abandonar, depositándolo en su cenicero. Contestó mi pregunta: "Pues sí, hay un sospechoso de los hechos, que casualmente es uno de los pacientes del manicomio. Su nombre es Bart Forder. Las marcas de los mordiscos en los cadáveres coincidían con los de su dentadura. Además, han descubierto que posiblemente estaba drogado en el momento que se supone que él cometió los asesinatos. Ahora lo que usted debe hacer, es dirigirse al Psychotic Center Medical para informarse del estado actual de Bart Forder y intente tratar la enfermedad psicópata del paciente. Estudie las causas, las cuales le han hecho supuestamente a Bart Forder cometer los asesinatos...". Yo amablemente, me despedí de él, prometiendo lo que me anunció. Ahora era momento de comenzar un estudio psicopático sobre Bart Forder que me conducía hacia el manicomio...



Suiza, Berna

Psychotic Center Medical, manicomio



Se sentían las voces inconfundidas de los pobres pacientes desde la entrada principal del manicomio. Algunos lloraban sin razón alguna y otros reían. Se me presentó a mi encuentro un hombre de estatura media que me dijo: "¿En qué puedo ayudarle?" Yo le contesté sinceramente el porqué de mi visita: "Vengo en nombre de Mr. Stevenson, jefe de la Unión de Agencias de Detectives Suecas". Él me miró confundido y siguió su interrogatorio: "¿Y quién es usted?". Ahora me tocaba presentarme ya que no lo había hecho antes y me supo muy grave: "Perdón por mi falta de presentación. Soy especializado en enfermedades mentales, incluyendo la psicopática. Mr. Stevenson me ha mandado aquí para intentar tratar y estudiar la enfermedad psicópata del paciente Bart Forder". Él me acompañó hacia una sala de esperas y me dijo: "Quédese aquí y le comunicaré su visita al Dr. Stewart, responsable del mantenimiento del manicomio". Yo tuve paciencia para aceptar la decisión. Me acomodé en un banco y aproveché ese momento para continuar leyendo el diario que había interrumpido en Florencia. Al cabo de unos minutos regresó el hombre de estatura media. Se mostraba muy sudoroso y a la vez nervioso. Se acercó a mí rápidamente como queriendo pedir ayuda, y me dijo: "¡Señor, acompáñeme rápidamente a la sala del Dr. Stewart, está siendo agredido por Bart Forder!". Al oir esas palabras nos dirigimos a la sala que estaba muy distanciada de la sala de esperas. Una vez dentro de la sala, presencié la terrible escena de Bart Forder, intentando extraer los ojos al Dr. Stewart. Parecía que Bart Forter estuviese siendo controlado por un ente. Los ojos de Forder parecían la mirada auténtica de los vampiros. Rápidamente y antes que Forder hiciera una animalada, me dispuse a golpearle en la cabeza con una estatua que se situaba en el escritorio del Dr. Stewart. Forder cayó al suelo violentamente pero igualmente estaba consciente y eso le facilitaba volver a levantarse. Esta vez, me agarró del cuello, pues no tuve tiempo de deshacerme de él. Vi cuales eran sus intenciones: extraer los ojos. Pensándolo bien, saqué mi linterna y se la enfoqué en sus ojos. Eso le provocó mucha molestia, pues cayó al suelo y se golpeó con la estatua en la nuca. Ahora sí que estaba inconsciente... pero por unos minutos. El Dr. Stewart me agradeció amablemente mi valor: "Oh gracias. Me ha salvado la vida de este loco". Yo impaciente le contesté ya que tenía una idea: "Gracias. Se equivoca. Bart Forder no está loco. Posiblemente él no ha sido el responsable de los asesinatos de los pacientes...". Stewart se quedó pensativo tras mi aclaración y preguntó intrigado: "¿Qué es lo que quiere decir usted?". Yo continué mi conversa impacientemente: "Si no se ha fijado en la extraña mirada de Forder cuando le intentaba agreder, mostraba una mirada auténtica a los vampiros, como si estuviera siendo controlado por un ente... El Dr. Stewart volvió a quedarse pensativo intentando recordar lo que decía. Y contestó: "Ahora que lo dice...es verdad, Forder poseía una mirada vampírica". Yo comencé a desvelar mi idea: "En estos momentos Forder está inconsciente... por unos minutos. Debemos acabar con su ente. ¿Cuál es la forma más típica de acabar con los vampiros?". Stewart contestó fácilmente y sin complicaciones mi pregunta: "Clavándole una estaca en el pecho". Yo hice un gesto afirmativo con la cabeza y decidí que buscaran una estaca: "Debemos buscar una estaca y clavársela en el pecho". En ese momento observé que el cuerpo de Forder tenía síntomas de sobrevivencia....



Nota: Desenlace final de la intriga que le prosigue...



Suiza, Berna

Psychotic Center Medical, manicomio



La estaca fue clavada con éxito en el corazón del paciente Bart Forder, el cual estaba poseído por una especie de ente vampírico que le controlaba y a la vez le dejaba como "drogado" o hipnotizado. Era la primera vez que me enfrentaba a una situación, difícil de creer dentro del tema de los vampiros. Aún no era consciente a lo que me había enfrentado, pues estaba confuso ante mi gran valor de enfrentarme a la muerte. No sabría describir la sensación que me produjo al clavar la estaca en el pecho de Forder... era como si pensara en esos instantes "¡Tierra, trágale...!". El Dr. Stewart se asombró de mi valor y coraje al hacer una acción como esa... Estuvimos un minuto en silencio... con los ojos cerrados... para reflexionar y a la vez pedir un deseo a Dios, el cual sería beneficioso para que no volvieran a suceder unos acontecimientos tan terroríficos con los que yo me había jugado la vida a muerte. Después de ese minuto, que se me hizo largo, decidí iniciar una charla con el Dr. Stewart: "Señor Stewart, debemos retirar rápidamente el cadáver de Forder y yo le debo comunicar al detective Mr. Stevenson lo ocurrido..."



Yo interrumpí extrañamente mi charla porque me fijé que Stewart no me seguía ordenadamente. Ví que el rostro de Stewart se horrorizaba y comprendí que su mirada de horror se dirigía al cadáver de Bart Forder. Stewart me señaló el cadáver de Forder, y yo me intrigué de lo que sucedía. En ese momento me giré para desvelar lo que ocurría con el cadáver de Forder... y me encontré con otra terrorífica escena: presencié y observé que de la boca de Forder comenzó a salir una especie de gelatina negra, que se iba evaporando con exageración... consiguiendo descomponer con la calor... el cadáver de Forder por completo.



De repente seguimos siendo testigos de la siguiente escena: al evaporarse por completo la espécie de gelatina negra... poco a poco se transformó en una especie de nebulosa negra que volaba como intentando encontrar su refugio. Stewart y yo nos paralizamos por completo porque parecía que la nebulosa buscaba refugio dentro de nuestros cuerpos... Así es... parecía que la nebulosa negra era el ente vampírico que había poseído el cuerpo de Bart Forder. Pero no fue así. Observamos como la nebulosa negra o supuestamente "ente" no tenía las intenciones de poseer nuestros cuerpos, ya que cambió el rumbo de dirección al volar, dirigiéndose hacia un cuadro pintoresco donde se presenciaba la figura humana de un conde. La nebulosa negra se infiltró dentro del cuadro, como si fuera absorbida completamente por él... y la nebulosa desapareció al contactar con la textura del rostro pintoresco del conde. Stewart y yo nos quedemos totalmente asombrados de lo que nuestros ojos habían presenciado, y Stewart se dirigió hacia el cuadro pintoresco para pronunciar unas palabras: "Este personaje pintoresco es el Conde Raudo". Yo decidí preguntar, ya que sabía que era un conde pero ignoraba su biografía: "¿Qué fue de su vida?". Él comenzó a aclararme mis dudas: "Según la leyenda rumana (de Rumanía) se supone y se rumorea que el Conde Raudo era un asesino vampírico. Su forma más peculiar de cometer sus asesinatos eran extrayendo los ojos a sus víctimas. Ahora que lo pienso... Bart Forder hizo servir la misma forma para cometer los 5 asesinatos...". Yo le respondí satisfecho: "Exacto. No cabe la duda que él estaba poseído por el extraño ente vampírico del Conde Raudo... Debemos...". La impaciencia de Stewart hizo interrumpir mi charla y seguir aclarando la biografía de Raudo: "Sus víctimas solían ser siempre doncellas, a las cuales eran violadas. Nunca tuvo escrúpulos y cometía sus asesinatos a sangre fría. Siempre fue huérfano. Lo condenaron a pena de muerte, degollándolo. Según dice la leyenda, antes de que lo degollaran se mostraba feliz y contento, no se arrepentía en absoluto de cometer esos miserables asesinatos y antes de que lo mataran dijo que en un futuro próximo volvería a repetir sin escrúpulos y sin razón más asesinatos...". Stewart hizo una breve pausa observando el cuadro pintoresco del conde y decidió pronunciar unas palabras que no fueron benefactorias: "¡¡Creo que ha llegado el momento de enviar este cuadro al infierno!! ¡¡Que sea maldecido quemándolo!!". Parecían que las palabras pronunciadas por él, hicieron efecto en el cuadro... Del cuadro comenzó a salir una potente llamarada de fuego que alcanzó a Stewart. La llamarada se infiltró en sus cabellos y en su espalda. Se volvió loco rodando por el suelo, y yo asombrado, intenté actuar lo antes posible para sofocarle las llamaradas de fuego. Por suerte yo tenía incorporado una americana que rápidamente conseguí incorporándole en todo su cuerpo para sofocar las peligrosas llamaradas de fuego. Hubo un momento, mientras actuaba sofocándole las llamaradas, donde mi vista pareció detectar la extraña sonrisa del conde, en el cuadro. Fue un momento extraño. Parecía que el conde iba variando su sonrisa gestual... Mi atención se desinteresó del cuadro porque ahora era momento de pedir ayuda. Mis voces de ayuda consiguieron ser detectadas y vino el mismo hombre de estatura media... Se encontró con la dramática escena de Stewart, tendido en el suelo con graves quemaduras en todo su cuerpo y rostro. No se necesitaron palabras para comunicar al hombre de estatura media que avise a los médicos del manicomio, el hombre acudió desesperadamente a comunicárselo a los demás de lo ocurrido. Lamentablemente, el Dr. Stewart no pudo soportar ese dolor producido por las exageradas quemaduras que se hallaban en casi todo su cuerpo... Estas fueron sus últimas palabras que me dijo: "Coge esta navaja que tengo en mis manos... y destruye ese miserable cuadro, acuchillándolo... luego préndele fueg..o".



Su escasa fuerza y energía le hizo terminar su charla, cerrando los ojos y descansar en paz. Los médicos se disgustaron de la muerte de Stewart y decidieron que se le realizara una autopsia para aclarar las exageradas quemaduras que le provocaron un poco de radiación. Yo me quedé solo en el despacho de Stewart, contemplando el cuadro del conde y a la vez tenía la navaja que me ofreció el pobre Stewart. No sabía que hacer. Tenía que acuchillar el cuadro del conde y luego prenderle fuego... pero me arriesgaba la vida, ya que no me fiaba de ese cuadro, donde parecía hallarse una maldición... Me decidí levantarme y dirigirme sin prisas, parecía que el rostro pintoresco del conde vigilaba mis movimientos... Cuando ya estaba lo suficiente cerca del cuadro, se me hacía muy difícil realizar la acción que me citó Stewart. Me propuse a reflexionar como realizaría esa acción, ya que temía que el cuadro se vengara de mí utilizando la misma técnica de la llamarada de fuego. Con un movimiento rápido y hábil saqué la navaja y el cuadro obtuvo la primera acuchillada que le propiné, pues del cuadro brotó sangre y me propuse a continuar con una segunda acuchillada, que lamentablemente no pude realizar por la interrumpción de una voz: "¡Alto, no lo haga...!". Esa voz me deconcertó un poco, pues me sentía confuso de la procedencia de la voz. Entonces me giré para averiguar de quién era esa voz... y me encontré cara a cara con un viejo hombre que parecía gitano. El viejo hombre hizo cara de enemistad, cogió mi navaja muy hábilmente y me propinó un corte de navaja en mi mejilla izquierda... aguanté el dolor al realizar esa acción. El hombre inició una pregunta contra mí: "¿Le agrada la acción que he realizado contra usted, miserable? Que sea la última vez que realice una acuchillada contra mi cuadro...".



Yo no respondí, para evitar posibles discusiones... El hombre continuó con su conversa: "Lamento mucho la muerte del Dr. Stewart, mi amigo, mejor dicho mi enemigo a partir de ahora, por el motivo que he descubierto que él tenía en su poder mi cuadro pintoresco del Conde Raudo... posiblemente logró robarlo de mi almacén dónde guardo mis propias obras pintorescas de orígen gitano. Este cuadro me pertenece y tengo todo el derecho de llevármelo...". En ese momento me sentía dispuesto de conversar: "¿Este cuadro es de orígen gitano?". El hombre siguió mirándome con enemistad y contestó mi pregunta: "Yo tuve el privilegio de representar al Conde Raudo en la pintura, por suerte este cuadro pintoresco lo realicé antes de sus sanguinarios asesinatos vampíricos... y podemos deducir suponiendo que alguien o algo transformó a Raudo en vampiro. Respondiendo a su pregunta le confieso que sí, Raudo tenía orígen gitano. Y ahora disculpe, pero tengo el derecho de poseer este cuadro, mi propia obra, ya que es el único y original cuadro pintoresco del Conde Raudo". Con esas palabras fueron suficientes para finalizar esa conversación o discusión. Era muy beneficioso que se llevara ese cuadro para evitar que el manicomio sea maldicionado por ese extraño ente vampírico de Raudo, que se hallaba dentro del cuadro. El viejo hombre gitano se despidió con la misma sensación de enemistad contra mí. Mi trabajo ya había concluido a su fin. Ahora tenía que dirigirme hacia la oficina del detective Mr. Stevenson para exponer la verdadera versión de los hechos, los cuales conducieron a Bart Forder cometer los 5 asesinatos controlado por el ente vampírico del Conde Raudo. ¿Se tomaría en serio la verdadera versión de los hechos y la extraña experiencia vivida en el manicomio? La verdad es que Mr. Stevenson era una persona bastante escéptica en estos temas...

CUENTO PARA NO DORMIR..NUNCA MAS


Era una fría noche de invierno, yo me encontraba solo en mi hogar, y no sé por qué, justo ese día, no había nadie en mi vecindario, me dieron ganas de ir a comprar al supermercado, pero me encontré con la sorpresa de que tampoco había nadie, algo inexplicable. Aproveché la oportunidad, y traje mercadería para todo el año, pero bueno, ésa es otra historia, la cosa es que volví a mi hogar, totalmente a oscuras, eran las 12:00 de la madrugada y aún no llegaba nadie a ningún lugar, estaba solo, y me agradaba la idea, al principio, pero después de unas cuantas horas, quise invitar a unos amigos para no sentirme solo, pero me encontré con la sorpresa de que no contestaban sus teléfonos. Quise ver algo de tv, pero no había ningún canal transmitiendo. Quise poner un vhs, por último, para ver algo, pero inexplicablemente no se veía. Luego apagué el televisor y éste se volvió a encender, pero mirando hacia afuera me di cuenta de que no había electricidad, por lo que rápidamente desconecté el aparato. Mi sorpresa fue cuando el televisor seguía encendido. Al pasar esto, comenzó un noticiero de última hora en un canal desconocido, y sólo mostraba imágenes. Fijé mi mirada en ellas y me di cuenta de que salieron fotos de todos mis amigos degollados en sus hogares. Me acerqué a la pantalla y la toqué, viendo sangre en mis dedos, el dolor que en ese momento fue intenso, la sangre me quemaba y no me dejaba respirar. Después de eso fui corriendo a encerrarme a mi pieza, y fue en el momento en que me di cuenta de que no estaba solo...




Miré por la ventana y vi algo jamás visto, la luna era roja, luego vi que caían gotas de ella, eran gotas de sangre, miré el cielo y vi lo que parecía ser la cara del demonio, tornándose de un color, que más que un color, era el fuego mismo. Me sentí en el mismo infierno, luego volví en sí, y todo había vuelto a la normalidad, excepto por mi rostro que estaba todo desfigurado y quemado.



¿Vieron Darkman? Ese soy yo.

miércoles, 21 de octubre de 2009

Harry Potter, entre los 20 mejores héroes de la cultura Pop


Entertainment Weekly ha elaborado una lista de los 20 mejores héroes y heroínas de todos los tiempos de la cultura Pop, y cómo no, nuestro héroe favorito figura en ella.




Según esa lista, Harry Potter ocupa la 4º posición, tan solo por detrás de Superman, Indiana Jones y James Bond, quien ocupa el primer lugar del ranking.



¿Por qué él?: Huérfano, marginado y en la agonía de la revolución hormonal de los adolescentes, el niño mago de J.K. Rowling (interpretado por Daniel Radcliffe en la pantalla) es la encarnación del “¿Por qué ser normal?”

Acción más heroica: La derrota de Lord Voldemort mediante el despliegue de sus armas secretas: el amor, la lealtad, y la bondad del Expelliarmus.

Mayor debilidad: Añoranza de sus padres.



Puedes consultar la lista completa de los mejores héroes haciendo clic aquí.

Los antecedentes literarios de Harry Potter IV

Tras los pasos del Señor Tenebroso



Hoy, este espacio de reflexión se tiñe de una inquietante oscuridad. Una sombra de malignidad nos sobrecogerá porque hablaremos de lord Voldemort, también conocido como El-que-no-debe-ser-nombrado, el Señor Tenebroso o el Señor Oscuro. Este villanísimo, siempre en cabeza de los tops de villanos de ficción más malvados de todos los tiempos, surgido de la inagotable imaginación de Rowling, está dotado de una complejidad y una profundidad psicológica poco frecuentes en la literatura juvenil.



Pero, antes de analizar el influjo de otros villanos literarios, es necesario destacar los rasgos que tiene lord Voldemort de un personaje histórico: Adolf Hitler. Tras la Segunda Guerra Mundial corrió como la pólvora la leyenda del origen judío de Hitler, aunque hoy parece que esta teoría carece de fundamento. Lo cierto es que la abuela de Hitler tuvo a su hijo cuando no estaba casada y trabajaba como empleada de hogar en casa de una rica familia judía. Muchos años más tarde, el padre de Hitler fue reconocido por el que parece que era su verdadero padre biológico (y no era este acaudalado judío). En cualquier caso, es probable que Hitler pudiera albergar alguna duda acerca de su origen y esto acrecentara más su odio maniaco, enfermizo y criminal hacia los judíos.



Posiblemente, Rowling se basó en esta leyenda cuando empezó a conformar el pasado de su personaje, un niño de sangre mezclada que crece en un orfanato. Aunque Hitler crece con su familia, sufre unos malos tratos terribles, en forma de palizas y constantes vejaciones, por parte de su padre. No parece que Tom Riddle sufriera malos tratos físicos en el orfanato, pero sí sufrió el abandono y la privación de afecto por parte de su padre y de su familia paterna y materna. Los dos personajes, el histórico y el literario parecen hacer extensivos su odio y sus deseos de venganza a los que son como sus padres: judíos y muggles.




No quiero que este ejercicio de comprensión se interprete como una justificación del comportamiento de estas personas. En mi experiencia como psicóloga he conocido a personas que sufren situaciones aún más duras y no se convierten en asesinos despiadados o genocidas. Al contrario, devuelven bien por mal. Estoy revisando biografías de serial killers famosos para documentarme acerca de un personaje del libro que estoy escribiendo ahora (la continuación de El Club de los Detectives Incomprendidos) y, efectivamente, hay infancias terribles pero similares a las de otras personas que, sin embargo, escogen caminos diferentes. No hay excusas para tanta maldad, real o literaria.



Es difícil rastrear rasgos del personaje que analizamos en las amables lecturas infantiles de Rowling (informo a los que me preguntabais en los comentarios por una edición en castellano de El pequeño caballo blanco de que está editado en nuestra lengua por Salamandra). Aunque Tom Riddle tiene algunas características del pequeño mago oscuro abandonado en un orfanato que aparece en El concurso de brujas, de Eva Ibbotson (aquí también aparece un autobús mágico que lleva a las brujas a un aquelarre), este pequeño brujo no es malvado, lo de mago oscuro es por el tipo de poderes que tiene. Muchos detalles de los libros de Ibbotson pueden recordarnos el universo de Harry Potter, pero el mundo mágico de Rowling es muchísimo más rico y complejo. Aunque los libros de Eva Ibbotson son muy recomendables, sus personajes carecen de la profundidad psicológica de los de Rowling y la narración no tiene el ritmo ágil que poseen los libros de nuestra autora favorita.



Siguiendo con la infancia de Voldemort, si leemos el primer capítulo de Oliver Twist, encontraremos una escena que nos recordará la llegada de Mérope al orfanato, envuelta en harapos, para dar a luz y morir poco después. Pero Oliver decidió ser un buen muchacho. Tal vez ese sea el mensaje que Rowling nos envía, que siempre se puede elegir.



Una vez que dejamos atrás al pequeño Tom Riddle, sin duda, el primer villano literario que se nos viene a la cabeza es Sauron, de El Señor de los Anillos. Probablemente, parte de las similitudes entre los dos personajes se deban a la influencia que, tanto Rowling como Tolkien, han recibido de la obra El Paraíso Perdido de Milton. Voldemort y Sauron son como los ángeles caídos de Milton. Ambos son hermosos y físicamente atractivos hasta que caen definitivamente en el lado oscuro (es que el lado oscuro es muy poco favorecedor, si no, que se lo pregunten al Emperador de La Guerra de las Galaxias).



Cuando Sauron y Voldemort son derrotados y a ambos se les da por muertos, se convierten en una especie de espíritus, de sombras malignas que vagan errantes y se refugian en la espesura de los bosques. No mueren porque los dos guardan un as en la manga: anillo de poder y horrocruxes. Sauron también habría recuperado su cuerpo si Frodo no hubiera destruido el anillo en el Monte del Destino. Los dos ambicionan el poder absoluto, ser indestructibles y vivir eternamente.



Se creen tan poderosos y sabios que cometen fallos parecidos. Sauron considera que una mujer o un Hobbit no pueden ser una amenaza para los jinetes negros y sólo los protege con su magia de los hombres vivos. Voldemort, por su parte, se deja llevar por su delirio asesino y pasa por alto la magia antigua. No repara en que el sacrificio de Lily por amor a su hijo le acarreará la destrucción (la bruja de Las Crónicas de Narnia también olvida la magia ancestral). Sauron y Voldemort desprecian y no toman en consideración a los que consideran débiles o insignificantes.



Otro sangriento villano literario que ha dejado su huella en Voldemort es el Drácula de Bram Stoker. Al margen de destellos rojos en la mirada que nos hielan las entrañas, los planes de Drácula y de Voldemort son muy parecidos: formar un ejército, de vampiros y de mortífagos respectivamente, y dominar el mundo. Los dos pretenden hacerse primero con el control de Inglaterra (Drácula viaja desde Transilvania con ese propósito) y, desde ahí, con el del resto del mundo. A pesar de su infinita malignidad, Drácula tiene un gran magnetismo sensual. También lo tenía Tom Riddle antes de tener cara de serpiente (con esa pinta parece que sólo le gusta a Bellatrix).



Es difícil añadir alguna nota humorística a un post tan sombrío sobre un personaje tan despiadado. Podríamos decir que forma parte de la lista de villanos con título nobiliario, junto con el ya mencionado conde Drácula, lord Vader, el conde Olaf (Una serie de catastróficas desdichas) lord Farward (Shrek) y el príncipe Humperdinck (La princesa prometida). Este último es el padre literario de lord Farward.



En vuestros comentarios, muchos me preguntáis cómo conseguí que me publicaran mi novela. Ahora algunos dirán “¿Y esto qué tiene que ver con Voldemort?”. Pues tiene muchíiiiisimo que ver, porque conseguir que te publiquen una novela (al menos en España y en América Latina) es una hazaña similar a enfrentarse a lord Voldemort y a un grupo de mortífagos en un tenebroso cementerio. Yo seguí el método tradicional de enviar el libro a las editoriales. Empezaron a llegar asépticas cartas e emails (“… no encaja en nuestro proyecto editorial”, “…le deseamos mucha suerte en todos sus proyectos”), y una mañana recibí un email de Editorial Aladena diciéndome que les gustaba mi libro y que tenían interés en publicarlo. Tuve la suerte de dar con un editor al más puro estilo anglosajón, de los que son emprendedores y apuestan por autores desconocidos si les gusta su trabajo (un saludo para ti, Fran, que, de vez en cuando, te asomas por este blog). Pero las reflexiones sobre el mundo editorial en el ámbito hispano dan para otro post. Como hay interés, igual preparo uno.




Y a vueltas con la villanía y la malignidad (que no se enfade ningún editor, que ahora vuelvo a hablar de Voldemort), creo que debemos meditar sobre el mensaje de Rowling: siempre podemos elegir y son nuestras decisiones las que marcan la diferencia.

OBAMA ACONSEJA LEER A HARRY POTTER



No es novedad que al presidente Barack Obama le gusten los libros escritos por Rowling, en más de una ocasión ha hecho referencia a la saga, que leyó junto a una de sus hijas. Este Lunes, durante una visita a un centro educativo de Maryland (USA), ha vuelto a aconsejar la lectura de las aventuras del famoso mago:

Exhortando a los escolares a “seguir leyendo, leyendo, leyendo”, Obama también reveló su cariño por el personaje Harry Potter, el niño mago protagonista de la saga creada por la escritora J.K. Rowling.

“Malia y yo hemos leído los libros de Harry Potter. Los encontramos muy buenos”, dijo el presidente.

Asímismo aconsejó a los niños otros libros, como “Where The Wild Things Are” (Donde viven los monstruos), cuya película ya puede verse en los cines estadounidenses.

Harry Potter se ha convertido ya en una referencia mundial para incentivar a los niños a leer. Quizás tú seas una de esas personas que comenzaste a leer o a aficionarte por la lectura después de leer los libros de Harry Potter. ¿Recomendarías leer “Harry Potter”? Apuesto por el sí ;)